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La Cruising World de octubre de 2005 trajo un artículo escrito por Bernadette Bernon, donde hay un diálogo entre una abuela, velerista experimentada, y su joven nieta, próximas a hacer un viaje de circunvalación, donde ella dice: Imagine si cada persona pudiese vivir en un velero durante un año. Estarían cara a cara consigo mismas, viéndose forzadas a ser responsables de sus propias acciones. Harían parte de un equipo y aprenderían a tomar decisiones y admitir errores, propios y ajenos. Aprenderían a compartir, a cargar su propio peso y aprenderían a estar listas para ayudar a los otros cuando sea necesario. Aprenderían acerca de la conservación de las cosas a su alrededor, de las cuales dependen su propia seguridad y subsistencia. Aprenderían a confiar y a ser confiables. Este mundo sería mucho mejor si todo el mundo fuese forzado a vivir en esas condiciones por, por lo menos, un año. Ciertos deportes tienen esa característica especial. El alpinismo, por ejemplo, debe ser hecho en conjunto, pues exige confianza mutua, responsabilidad, atención, respeto, preparación y mucho conocimiento. Deportes practicados en equipo garantizan este tipo de experiencia. Y, a mi modo de ver, la vela es uno de los más ricos en ese sentido. Algunos juegos recrean situaciones comunes a la vida, simulando, para sus practicantes, condiciones que educan sobre reglas, actos y consecuencias, castigos y bonificaciones, y deberían ser parte de los currículos de las escuelas, con mucho más peso que ciertas materias. El comportamiento del pueblo, de manera general, y los acontecimientos recientes de la vida nacional muestran eso. Recuerdo un accidente que vi en Dutra, donde un camión volcado estaba siendo saqueado por la población de las proximidades, convencidos de que “el seguro lo pagaría todo”. Vemos villas levantadas al abrigo de un mar de contravenciones, desde la misma invasión hasta la construcción de las casillas, pasando por las inevitables conexiones clandestinas de agua y luz. Políticos apadrinan la miseria, manteniendo la miseria para mantenerse en el poder. Y en esos ambientes de pseudo ciudadanía, buena parte de nuestro pueblo termina siendo referente de marginales oportunistas, que encuentran en aquella condición la situación ideal para su propia existencia. A unos les falta ser investidos de ciudadanía plena, a otros, les falta la conciencia de su responsabilidad ciudadana, y a otros, todavía, castigo riguroso y represión constante. Los individuos que corrompen y los que se dejan corromper son parte de ese mismo proceso. Pienso en el chico que enfrenta al profesor en el aula, escudado en el poder de su propia violencia velada, aprendida en la omisión nacida dentro de su propia casa y en la ceguera de la sociedad. La contaminación está en todos los niveles. Por omisión nuestra, se degradaron los valores que sustentaban la convivencia humana y que habitaban en los universos del buen comportamiento moral, familiar, cívico y político. No es que no seamos honestos. Lo que nos falta es educación. Entonces, vamos a difundir la vela, ¡tal vez ayude!
António Luiz de Souza Mello Neto Editorial de “Velejar e meio ambiente”, Año 3, Número 23, Diciembre de 2005
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